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T-Mec: Nada para Nadie

  • Foto del escritor: Identidad Morelos Comunicación
    Identidad Morelos Comunicación
  • hace 3 minutos
  • 5 min de lectura

LA LEY DE HERODES


Por Miguel Ángel Isidro


El 17 de diciembre de 1992, los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá suscribieron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, señalado en su momento como el acuerdo económico más importante del mundo occidental.


Su entrada en vigor, pactada para el 1 de enero de 1994, representó un significativo triunfo para el gobierno del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, tras dos años de intensas negociaciones con sus contrapartes norteamericana y canadiense.


Sin embargo, desde su entrada en vigor, el acuerdo comercial estuvo acompañado de complicaciones de todo tipo para México.


Hace poco más de tres décadas, la nación que se durmió en la Nochevieja soñando con su entrada al Primer Mundo, amaneció en la resaca de la realidad para darse cuenta que estaba más cerca de la Managua sandinista que de la glamorosa Nueva York; revelación que llegó de la mano de un personaje tan apasionante como complejo: El Subcomandante Marcos, hoy Galeano.


El alzamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) significó para el gobierno neoliberal salinista un amargo recordatorio que antes de aspirar a la globalización, nuestro país es una compleja amalgama de contradicciones socioeconómicas que deberíamos resolver para que nuestra inserción en el capitalismo internacional no resulte lesiva para los sectores más desprotegidos.


Para un país como el nuestro, dotado de importantes recursos naturales y una amplia extensión territorial, pero con una mercada dependencia de sus ingresos petroleros como soporte de su economía, la participación en cualquier intercambio comercial supone la no siempre glamorosa condición de ser proveedor de materias primas, territorio y mano de obra barata. Neocolonialismo puro y duro.


En julio de 2020, a instancias del gobierno norteamericano, el acuerdo original fue sometido a una serie de ajustes que incluso le dio un nuevo nombre: el Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (T-MEC).


El cambio de nombre, e incluso el orden en que se enuncian a los participantes de acuerdo no es cosa fortuita. De hecho, en esta nueva etapa, el gobierno norteamericano buscó asumir un rol más relevante en la conducción del tratado, fungiendo como una especie de árbitro ante sus otros dos socios.


Las diferencias clave entre el TLCAN y el T-MEC se concentran en un control más estricto de la industria automotriz (una de las de mayor peso económico entre las partes), una más estricta regulación de los derechos laborales en México y la inclusión de la economía digital. El nuevo tratado sustituyó formalmente al TLCAN el 1 de julio de 2020 para adaptarse al comercio del siglo XXI.


La parte laboral juega un componente clave para la vigencia del acuerdo. Los sindicatos mexicanos, gestados en su mayoría como parte de la maquinaria electoral del PRI, dejaron de ser operantes para los intereses de la industria globalizada. Así, una vez más, los usos (o abusos) y costumbres de nuestra mexicanidad fueron motivo de controversia para nuestra inserción al mercado internacional.


A tres décadas de distancia, la relación comercial de México con Estados Unidos y Canadá ha sido administrada por cuatro distintas fuerzas políticas en el gobierno: tres presidentes priistas (Carlos Salinas, Ernesto Zedillo y Enrique Peña Nieto), dos panistas (Vicente Fox y Felipe Calderón) y dos morenistas (Andrés Manuel López Obrador y lo que va del mandato de Claudia Sheinbaum), sin que en ninguna de éstas etapas la parte mexicana se haya pronunciado por alguna modificación o ajuste sustancial al respecto. Hasta el momento, Estados Unidos ha sido prácticamente la única de las partes que ha solicitado revisiones sustanciales al acuerdo.


Mientras que Canadá ha puesto énfasis en aprovechar el tratado en aras de crecer sus exportaciones e impulsar a sus inversionistas en industrias extractivas (sobresaliendo el caso de la minería), los gobiernos mexicanos se han limitado a defender la vigencia del T-MEC en aras de la captación de inversión extranjera directa.


En estos 30 años, México ha elevado de manera drástica sus niveles de dependencia de su vecino norteamericano en tres aspectos fundamentales: captación de inversión directa, exportación de manufacturas y captación de divisas por la vía del turismo y las remesas.


Pocos han sido los incentivos para apuntalar el mercado interno; los incentivos van a la baja, la banca de desarrollo ha prácticamente desaparecido por la falta de políticas públicas de seguimiento y carcomida por la corrupción .


Uno de los errores históricos de los gobiernos mexicanos en el intercambio comercial fue el negarse a defender a su fuerza de trabajo como su principal mercancía de valor. Las crecientes importaciones debilitaron sectores estratégicos como la industria agrícola (donde se han perdido más de 2 millones de puestos laborales en la última década, según los datos del INEGI), acrecentaron la informalidad y por consiguiente, empujaron la migración ilegal a los Estados Unidos, factor que es usado de manera recurrente como elemento de chantaje y presión por los gobiernos norteamericanos en turno.


Desde el inicio de su segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, Donald Trump anticipó que su gobierno asumiría una política más proteccionista en materia económico buscando cubrir dos objetivos: recuperar la balanza comercial y, desde su óptica, “devolver” empleos a los trabajadores estadounidenses.


Es por ello que el anuncio dado esta semana, en el sentido de la entrada del T-MEC a una nueva modalidad, dejando de lado los acuerdos a largo plazo para proceder ahora a revisiones anuales no debería sorprender a nadie. De hecho; la Presidenta Sheinbaum se curó en salud estableciendo a la víspera una serie de acuerdos directos con el gobierno de Canadá, que sin embargo no implican un mayor impacto en el estado de las cosas.


Paradójicamente, el actual gobierno “progresista” de México sigue apostando al sostenimiento de este acuerdo comercial, mientras que muchos de sus seguidores y representantes se pronuncian por salidas alternas, con más entusiasmo que sentido práctico, como es el caso de un mayor acercamiento con el denominado eje BRICS, encabezado por economías del “sur global”, como China y Brasil.


La realidad es que una economía como la mexicana, marcada fuertemente por su ubicación geográfica con más de 3 mil kilómetros de frontera común con los Estados Unidos poco puede aportar a nuevos esfuerzos de intercambio comercial.


Un ejemplo claro es el impresionante déficit de nuestra balanza comercial con China, por mencionar solo un caso. México importa desde el país asiático más de $100 mil millones de dólares anuales en tecnología y bienes intermedios, mientras que nuestras exportaciones apenas rondan los $15 mil millones de dólares, dejando un déficit histórico superior a los $90 mil millones de dólares, todo ello de acuerdo a datos proporcionadas por el Banco Mundial.


En pocas palabras, si México tuviera la oportunidad de cambiar de socios comerciales, en las actuales condiciones, sólo representaría cambiar de una hegemonía a otra. Dura realidad.


Por lo pronto, la primera víctima de este freno en seco a los avances del T-MEC es el secretario de Economía Marcelo Ebrard Casaubón, quien buscaba capitalizar un eventual triunfo en las negociaciones en aras de su enésima aspiración presidencial.


Por lo pronto, tal parece que la Presidenta Sheinbaum enfocará sus baterías en otras prioridades, en espera de que concluya el mandato de su homólogo norteamericano en enero de 2029.


Y tampoco Trump podrá utilizar discursivamente el manejo del T-MEC en la próxima elección intermedia en su país, donde la recuperación del empleo y el combate a la inflación aún siguen siendo asignaturas pendientes para el electorado norteamericano.


Total… Nada para Nadie.


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